domingo, 23 de abril de 2017

Convulsión democrática



La corrupción ha vuelto, una vez más, a la agenda política de la mano del PP. Una vergüenza e indignación para el Estado Democrático de derecho, pero también para todos aquellos que dedicamos nuestro tiempo y esfuerzo a la vida pública para, desde un ideal, contribuir a la mejora del bienestar social. Es una acción que contribuye a la pérdida de credibilidad y deslegitimación de la política y los políticos, y al hartazgo de la ciudadanía.

El 'Clan González' es abyecto y genera repugnancia a cualquier demócrata. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, aprovechó su posición institucional para financiar a su partido y enriquecerse personalmente, según pone de manifiesto presuntamente la investigación llevada al efecto por la Unidad Central Operativa (OCU) de la Guardia Civil. Ignacio González sumó a la trama de enriquecimiento a toda la familia. Están él, su hermano, su cuñado y todo indica que hay indicios de la colaboración de su mujer. Ha quedado claro que para ellos la política no es una acción de servicio público, sino un negocio familiar. Esperemos que su nonagenario padre, al que es común verle en el comedor del Senado repartiendo doctrina a los senadores populares, no pase del arresto domiciliario al que está sometido. Dos hijas, según la prensa, tienen algún tema oscuro en la gestión de la vivienda pública. La realidad a veces supera la ficción.

Los casos de corrupción en la política española nos han enseñado que en la financiación irregular de los partidos políticos aquellos que hacen de emisarios acaban utilizando las siglas de su partido para financiarse a sí mismos y enriquecerse. Ha ocurrido con Naseiro, Roldán, Bárcenas, Francisco Granados e Ignacio González, por citar algunos nombres. Lo patético en este último caso es que los dos vicepresidentes de una institución como la Comunidad de Madrid en la última etapa de gobierno del PP estén en la cárcel. Está claro que se puso la institución al servicio de intereses espurios por encima de los ciudadanos, y que en esa acción hay una responsabilidad política de la que fue su presidenta, Esperanza Aguirre. Una persona que por higiene democrática se debe ir de la vida pública, si no acaba antes en otro sitio por decisión judicial. No se puede concebir que no fuese conocedora de los hechos acaecidos estando al frente del PP en Madrid.

La corrupción se manifiesta como un hecho sistémico en el PP. Son ya demasiados casos para pensar que los corruptos van por libre, a pesar de lo que nos quiere contar Cospedal. Cuando un partido tiene la voluntad de cortar y apartar a todo aquel que no sigue un código ético lo puede hacer. Filesa y el caso Roldán marcaron un antes y un después en el PSOE. El seguimiento patrimonial, el compromiso ético y el control de actuaciones que supongan una desviación de las normas establecidas han hecho más difícil que emerjan casos de corrupción. No es el caso del PP. Los casos Naseiro, Zamora y otros de los años 80 y 90 se resolvieron con argucias judiciales bajo la dirección del señor Trillo. Con posterioridad han surgido casos como Gürtel y estos de la Comunidad de Madrid. El PP se ha puesto de perfil y sus presidentes también. Ellos eran conscientes de la financiación de su partido. Todos veíamos cómo, mientras los demás hacíamos campañas electorales al límite, ellos nadaban en la abundancia y nos triplicaban en gasto -aquí en Segovia también. Merino tuvo que dimitir-. Aznar y Rajoy debían ser conscientes de que quienes recaudan para el partido acaba recaudando para ellos. Pero les daba igual. Han sido y son tolerantes con la corrupción. Por esa razón Ignacio González ya ha dicho que no se va a comer sólo ese marrón, y Granados desde la cárcel ha recordado que no estaba sólo en sus cuitas.

Lo que es sorprendente es la reacción ciudadana en las urnas. Hoy vuelve a salir a escena la corrupción, pero no es un tema nuevo en el caso del PP. Es un "déjà-vu". Da igual. Los españoles han hecho oídos sordos en las urnas y han votado mayoritariamente al PP, a pesar de lo que había llovido sobre el tema en los últimos cuatros años. Lo que pone de manifiesto que a una mayoría de los españoles les preocupa más la estabilidad política y el crecimiento económico que la corrupción a la vista de los resultados. Sólo cuando la acción política se estabilice, y en especial la izquierda se vea como una opción alternativa de gobierno en política económica, los españoles reaccionarán y castigarán lo que es inasumible para cualquier democrática, la corrupción. De ahí que resulte incomprensible, con la que está cayendo, que el Gobierno dificulte la investigación del ministerio Fiscal, aparte a los fiscales que no siguen sus consignas, o incluso piense en la necesidad de que la fiscalía instruya en los procesos judiciales. Desde el Parlamento la izquierda lo va a impedir. El PP y la derecha han de ser conscientes de que no pueden llevar a la ciudadanía a la convulsión democrática.


miércoles, 19 de abril de 2017

Presupuestos inconsistentes



Los Presupuestos Generales del Estado para 2017 presentados por el Gobierno apuestan por la autocomplacencia y el continuismo. No es la primera vez que el ministro de Hacienda hace cábalas y proyecta su imaginación en la ingeniería financiera. Son unos presupuestos que renuncian a corregir la enorme brecha de desigualdad como consecuencia de la crisis y que no apuestan por sentar las bases de una economía de futuro que nos permita crear empleo de calidad y mejorar la productividad del sistema productivo. Son antisociales y cicateros en inversión. Son unos presupuestos de transición y cuya vigencia, en el mejor de los casos, se extenderá a los seis últimos meses del año.

El cuadro macroeconómico que ha servido de base para su elaboración establece un compromiso con los objetivos de estabilidad exigidos por la UE. Sitúa el déficit público en el 3,1 por ciento y el techo de gasto en 5.000 millones menos que en 2016. Las ventajas macroeconómicas que aporta a nuestra economía la zona euro y los efectos negativos de una disolución anticipada de las Cortes fue lo que forzó un apoyo mayoritario directo o indirecto de gran parte de los grupos de oposición. Se dio así una carga de confianza al Gobierno que veremos si se materializa mayoritariamente en la tramitación parlamentaria.

Los presupuestos pintan un ajuste del déficit que plantea no pocas dudas. A pesar de que la economía crecerá previsiblemente menos que en 2016, se aumentan los ingresos tributarios con respecto al ejercicio anterior el triple. Un error que repite el Gobierno popular y que ya nos llevó en 2012 al rescate. El Gobierno confía en que se recaude más por IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades. Si las cuentas públicas se hubiesen confeccionado sobre base realistas tendría que aplicar nuevos recortes de gasto.

Las inversiones previstas para 2017 conllevan un recorte del 21,2 por ciento. A nivel territorial, los proyectos de inversión se reducen a la mínima expresión y se prolongan en el tiempo las inversiones ya iniciadas -es el caso del desdoblamiento de la SG-20 y del Palacio de Justicia en Segovia-. Lo que no impide en el nivel político falsear su contenido y presentar lo que no hay. Así hemos conocido que el presupuesto de inversiones reales en Segovia, según el PP, asciende a 46 millones de euros, cuando las cuentas acreditan 38,2. 

La inflación sigue por encima de la subida de salarios y de las pensiones -subirán el 0,25 por ciento- por lo que tendrá un efecto contractivo sobre el consumo y el empleo. El gasto social se comprime con respecto al PIB. Baja casi dos puntos. Una vez más se olvida a quien ha hecho posible la recuperación.

Son unos presupuestos inconsistentes que falsean las cuentas públicas. Con ellos su promotor busca salir de un escenario político endiablado que pudiera llevar a unas nuevas elecciones de resultado incierto. Difícil lo tiene el Gobierno; pero también la oposición de verdad, la que crea y no destruye. 








domingo, 16 de abril de 2017

Del paro al ocio



A mediados de los 80 tuve la oportunidad de leer un ensayo del polémico Luis Racionero titulado ‘Del paro al ocio’. El texto está escrito en el contexto de la crisis de los 80, en la que el trabajo escaseaba y muchos de los que en aquel momento ansiábamos incorporarnos al mercado laboral veíamos un futuro incierto. Racionero mantiene la tesis de que el ocio ha sido el referente de nuestras vidas, una vez cubiertas las necesidades básicas. Considera que la Revolución Industrial aparcó esta necesidad vital y apostó por un exceso de producción que nos ha complicado la existencia con tal de tener. Y hemos perdido con ello el sentido de la vida. Para dar respuesta al problema del empleo que se planteaba en esa década -de una magnitud equivalente a la situación actual-, apuesta por reducciones continuas de la jornada laboral. En definitiva, trabajar menos para trabajar todos. Una idea que vuelve a estar vigente ante el creciente problema del empleo no sólo en España, sino en una gran parte del planeta.

La tesis expuesta en aquel momento no dejaba de ser original. Algunos la vimos con agrado ante la sustitución progresiva de mano de obra por capital que en ese momento estaba ya generando el progresivo maquinismo. La década de los 80 supuso para España un importante avance en la apertura de nuestras fronteras comerciales. Hacía tiempo que habíamos salido de la autarquía y los mercados externos poco a poco invadían nuestra sociedad de consumo. Pero esta década supuso el cambio de las reglas del juego no solo comerciales, sino también laborales, y la entrada en la Comunidad Económica Europea. Sufríamos el problema del empleo como nadie en Europa, y nuestra cartera de producción se fundamentaba en productos muy poco especializados e intensivos en mano de obra con baja competitividad. En la década de los años diez de este siglo el modelo productivo español ha variado muy poco.

La globalización creciente de la economía mundial ha incidido sobre el empleo y la especialización de la producción. La deslocalización de empresas del mundo occidental hacia las zonas más deprimidas ha fomentado la temporalidad en el empleo y su pérdida de calidad en aquellos países que la están sufriendo. Sólo las economías que han sido capaces de alcanzar una alta especialización se han librado en menor grado de la precariedad en el empleo y del desempleo masivo. Los jóvenes y mayores de 45 años son los que más están sufriendo las consecuencias. Un problema estructural que amenaza con convertirse en crónico. Más cuando la pérdida de población en los países con alto nivel de desarrollo se ve compensada con creces por su incremento en los países más desfavorecidos.

El problema estructural del empleo pone en jaque al sistema capitalista. El bienestar y la sociedad de consumo se fundamentan en el empleo de calidad. Cuando éste falla se derrumban sus pilares. Bien es cierto que Europa ha venido suavizando su ausencia con el denominado Estado del Bienestar, mediante sistemas de redistribución de renta que a su vez se sustentan en el empleo. Un modelo que está dando muestras de debilidad como consecuencia del deterioro progresivo de empleo del empleo y la ausencia del mismo. Y nos está llevando a una sociedad dual: una de personas que viven bien y otras, mal.

La cuestión es cómo abordar este problema de carácter geopolítico que supera ampliamente las fronteras de los estados y entra en contradicción entre los intereses de los diferentes países. No es fácil. Las reglas de la economía globalizada no entienden de sufrimiento ni de sensibilidad social. Sólo intentan optimizar los indicadores económicos con diferentes percepciones y directrices de actuación, según la orientación política de cada país y su visión en política económica. Pero el problema es global. La historia nos ha demostrado la hegemonía del actual sistema económico, a pesar de sus muchas contradicciones. Ha dado más de lo que ha quitado. La cuestión es cómo armonizarlo y adaptarlo a los nuevos tiempos en los que la generación de riqueza no gira ya sólo en torno al trabajo.

Combatir los desequilibrios en el empleo requiere acuerdos entre las grandes áreas económicas para evitar la generación de competencias desleales que favorezcan la posición de unos frente a otros. A la vez que se establezcan medidas que puedan protegerles de agresiones externas de otras áreas, y normas que contribuyan a la gobernanza de los mercados y eviten la sobrecarga de la presión fiscal del factor trabajo frente a otros factores. Requiere tiempo, y el problema no admite demora porque crece día a día. Los gobiernos que puedan y quieran deben pensar no sólo en cambiar su modelo económico, sino en buscar fórmulas que permitan el reparto del trabajo de forma eficaz para contribuir a la cohesión social y a esa gran meta que siempre tuvo la humanidad, liberar del trabajo a los seres humanos para que puedan pasar del paro al ocio.

No estamos en la década de los 80. La globalización ha producido una gran transformación en el sistema económico y ha agravado el problema del empleo al menos en los países desarrollados. Pasar del paro al ocio es una gran idea que hemos de hacerla realidad de forma progresiva. Sólo así mejoraremos y estabilizaremos la sociedad de este siglo creando futuro para todos y avanzando hacia ese gran ideal utópico que es la "igualdad".




domingo, 9 de abril de 2017

A la búsqueda de identidad



La socialdemocracia europea está en crisis. Basta hacer un recorrido por la evolución electoral de los principales países de Europa para constatar que es así. En España ha pasado del 43,9 por ciento de votos en 2008 al 22,6 por ciento en 2016; Grecia del 22,6 por ciento en 2009 al 6,3 por ciento en 2015; Holanda del 24,8 por ciento en 2012 al 5,7 por ciento en 2017; Francia del 51,6 por ciento en las presidenciales de 2012 al 13 por ciento en los sondeos actuales. Sólo en Alemania crece y tiene posibilidad de gobernar en coalición. Pasaría del 25,7 por ciento en 2013 al 31 por ciento, según los sondeos, con Martin Schultz. Sin embargo, el efecto del nuevo líder no se notó en las últimas elecciones del pequeño lander del Sarre.

La socialdemocracia europea ha contribuido a generar la mayor etapa de bienestar y cohesión social en el viejo continente, bajo la premisa del respeto a la economía de mercado, la progresividad fiscal y el sustento de una acción política basada en los derechos y libertades cívicos de corte occidental. Europa ha sido la envidia del mundo. Un continente de solidaridad que abandonó los conflictos bélicos y trabajó para generar, entre todos, riqueza y bienestar. Y, además, ha sido capaz de poner en marcha las cuatro libertades que presiden los tratados de la Unión y una moneda única, el euro, ya en este siglo. El progreso de la ciudadanía europea ha tenido en la  socialdemocracia a su principal protagonista.

¿Qué está ocurriendo entonces? ¿Por qué hay una desafección tan radical de los votantes de los partidos socialdemócratas? La respuesta, desde mi punto de vista, no tiene una fácil respuesta y obedece a múltiples factores. La principal, que han cambiado las condiciones de contexto en el que los partidos socialistas desarrollaban su acción de gobierno. La crisis económica ha marcado un antes y un después. Cuando no se crea riqueza no se puede repartir y desplegar con intensidad políticas sociales de distribución de renta y cohesión social. A ello se ha unido el temor de los más desfavorecidos socialmente a perder su trabajo a favor de inmigrantes extranjeros, lo que ha fomentado el sentimiento xenófobo, amplificado por los líderes de extrema derecha.

La globalización nos iguala progresivamente a todos los humanos, con independencia del territorio donde habiten, a la vez que corrige desigualdades. Sin embargo, incluso en sociedades muy solidarias, como es la europea, esta situación es difícil de entender. La deslocalización de empresas, la producción a unos costes muy bajos que marcan salarios paupérrimos, la falta de una gobernanza global sobre el capitalismo, dificulta el control del movimiento de capitales y rentas y hacen que la acción clásica de gobierno socialdemócrata se devalúe y pierda credibilidad ante la ciudadanía. Hoy la creación de riqueza y su reparto equitativo son más necesarios que nunca, que en definitiva es lo que ofrece el nuevo socialismo al capitalismo, reduciendo así sus efectos perversos. Nadie en su sano juicio puede apostar por sistemas económicos de corte totalitario y economía planificada desde el ámbito estatal. Sus efectos ya los vimos. A pesar de que son muchos insensatos los que trabajan en su búsqueda.

Los propios votantes de la socialdemocracia están confundidos. Lo estamos viendo en Francia, en el Reino Unido; y lo estamos viviendo en España. En todos estos países los propios militantes de sus partidos socialdemócratas están divididos en proporción variable. En nuestro país un tercio de ellos escoran hacía las posiciones radicales que mantienen los viejos partidos de corte comunista -según expertos sociólogos-, intentando preservar la esencia de lo que consideran la izquierdas de siempre; en Francia y Reino Unido el grupo radical es mayoritario como hemos podido comprobar en las últimas primarias de estos países. Estos grupos, por lo general, prefieren la irrelevante posición ideológica a la responsabilidad del poder. Lo hemos visto en Francia, donde el PS no llegará ni tan siquiera a la segunda vuelta de las presidenciales; y lo estamos comprobando con Corbyn, a quien los sondeos día a día le pronostican una fuerte caída en votos y escaños. No se les ve como una opción fiable de gobierno. Y, lo que es más preocupante, llevan el paso cambiado con respecto a la gran masa social que se considera de izquierdas de la ciudadanía.

En la acción política, siempre es mejor el original a la copia. Lo vimos en Cataluña cuando Maragall apostó por una socialdemocracia nacionalista. Los catalanes optaron mayoritariamente por los nacionalistas de siempre; y lo hemos comprobado en algún caso cuando se ha intentado competir por el populismo de corte radical comunista, o lo que sea eso. La socialdemocracia europea y la española necesitan líderes y programas consistentes que permitan revertir los efectos sociales perversos de la economía del mercado. No necesita programas virtuales e inconsistentes imposibles de cumplir. Es cierto que son muchos los socialdemócratas de buena fe que intentan deformar la realidad para adaptarla a la ideología, pero la realidad sólo se puede gestionar desde posiciones sensatas y realistas, no sólo emocionales. De lo contrario, el coste puede ser muy alto para quienes más necesitan los efectos de la gestión socialdemócrata: los más desfavorecidos. La esencia de la socialdemocracia y de los socialistas de verdad está en repartir con equidad. Para eso es necesario gobernar. De lo contrario, el liberalismo y el ‘sálvese quien pueda’ están garantizados. Busquemos nuestra identidad de forma consistente.