sábado, 14 de octubre de 2017

De la convulsión a la cohesión

La convulsión política e incluso social continúa en su máxima intensidad estos días. Sólo el esperpento del sí pero no de la declaración unilateral de Cataluña de Puigdemont ha aportado algo de luz para la esperanza, a la vez que nos ha recordado que la cuestión catalana es escenificada como un juego de trileros y de locos. Contrasta esta situación con el fervor vivido en España en el día de su fiesta nacional. Yo estuve en el Paseo de la Castellana y pude comprobar con gran satisfacción cómo un gran número de personas vivía con auténtica satisfacción el sentirse parte de esa gran nación que es España. Me imagino que lo mismo que sienten y viven muchos independentistas en Cataluña,  pero con la enorme diferencia que allí son dos millones de siete, y España lo integran 47 millones de habitantes cuya inmensa mayoría se sienten identificados con el Estado español. Por suerte, España es un Estado Democrático y de Derecho y la mayoría sigue marcando las reglas del juego. 

Me sorprende también la utilización de la bandera estos días como signo de identidad. Durante la Transición el uso partidista por parte de los partidos de extrema derecha pervirtió su uso, lo que hizo que muchos jóvenes españoles de aquella época de forma errónea la contemplásemos como un símbolo de parte. Por suerte, la bandera española va recobrando su sentido de común pertenencia, alejada de toda manifestación nacionalista, como ocurre en países como EE.UU o Francia. Un signo de identidad que refuerza nuestra pertenencia al Estado, perfectamente compatible con las banderas de las diferentes nacionalidades y regiones que se integran en este gran país que es España.

La situación de convulsión política ha tenido un reflejo pernicioso en la prensa internacional. Se está trasladando al mundo una imagen de tierra bananera. Las consecuencias no se han hecho esperar: las reservas turísticas han caído un 30 por ciento; los cruceros evitan Barcelona; las pequeñas empresas, aún más que las grandes, como me contaba el presidente de la Asociación de Autónomos de España, están saliendo a marchas forzada; el consumo se resiente… Y  la destrucción de empleo y de riqueza llevan un ritmo galopante. Puigdemont y Junqueras como cabezas visibles de esta locura debieran cortarlo ya. No se puede seguir jugando al monopoly de forma indefinida. Por eso tiene su lógica que el Gobierno con el común apoyo de las fuerzas constitucionalistas -Podemos no se manifiesta como tal, mal que nos pese- haya requerido a la Generalitat su posición ante este juego que han iniciado. Este juego hay que cortarlo de raíz. La prórroga es generosa, pero de no aceptarla el Gobierno tendrá que aplicar las medidas constitucionales recogidas en el artículo 155 de la CE. Su resultado y efectos son inciertos y pueden contribuir a enrarecer más la situación, pero ante la sinrazón y provocación de unos desaprensivos y la puesta en peligro del bienestar, los derechos y libertades de muchos españoles no quedaría otra salida posible para evitar males mayores.

El papel del PNV, de Podemos y En Común Podem son determinantes para alcanzar una salida rápida y adecuada. Sólo su apoyo tácito es el que está provocando una resistencia persistente de Junts Pel Sí. Un mensaje claro de estos partidos les aislaría y o tendrían más remedio que  retirar sus amenazas secesionistas de forma explícita. En un momento como el actual es necesario contar con  la mayor estabilidad política para dar una respuesta adecuada al problema. El Pacto de PP, PSOE y C´s es un gran noticia, sólo ensombrecida por el posicionamiento de Podemos que se encuentra perdido en las tinieblas del populismo mediático. Aun así, al acto del Paseo de la Castellana contó con la presencia de dos destacados miembros de su formación, algo inédito teniendo en cuenta su ideario político. Algo indica que se mueve en Podemos, aunque sólo sea por el hecho de que estén cayendo en picado en las encuestas, tal y como afirman los mentideros políticos que defiende su experta en sociología. Lo cierto es que siguen en el terreno de la ambigüedad: quieren quebrar la CE y para ello les vale todo, incluso la ruptura de España y condenar a los más desfavorecidos a una posición peor que la que tienen ahora.

El PNV es otro partido que navega, pero en este caso no se dan puntadas sin hilo. Comparten con PDeCAT y ERC el interés por debilitar al Estado a la vez que beneficiarse de la debilidad del Gobierno. Tienen pendiente la negociación de los presupuestos del próximo año, que son prolongación de los de 2017. En caso de sumarse a ellos obtendrán importantes réditos para el País Vasco. De ahí que su posición sea muy confusa. El Gobierno tiene la obligación de jugar fuerte. O todo o nada. Y la oposición realista también. Es el momento de actuar sin complejos, como se ha hecho la última semana. Proporcionar estabilidad política y económica al país en un momento como este no es un tema menor, de ahí la necesidad de sacar adelante unos presupuestos que antepongan el interés general por encima de todo, que busquen una solución para ese casi 20 por ciento que se encuentra al borde de la exclusión, dar respuesta solidaria al problema del sistema de pensiones y buscar un Pacto de Rentas. Esa sin duda sería la mejor contribución progresista al País. Y, por supuesto, a su consistencia y unidad.

La búsqueda de la cohesión social entre los españoles y los diferentes pueblos de España es esencial. Es necesaria una reforma constitucional que adapte la Carta Magna a los nuevos tiempos con el mayor respaldo posible y participación, y nunca sin una mayoría reforzada del Parlamento. La reforma de la Constitución ha de contar con el compromiso de la representación de los pueblos que integran el Estado español. No se pueden hacer concesiones a cambio de ningún compromiso de estabilidad futura, como ocurrió con la CE del 78. 

En una futura constitución no cabe romper la soberanía nacional ni la unidad del Estado, como no cabe huir del Estado Social y Democrático de Derecho, salvo que de una forma sobrevenida el pueblo español entre en estado de locura súbita. Sí que cabe concretar y cerrar el marco competencial español de los diferentes pueblos que lo integran; buscar un sistema de financiación cerrado y objetivo que asocie la corresponsabilidad fiscal y establezca mecanismos de solidaridad para corregir los desequilibrios actuales; perfeccionar el sistema judicial actual, reforzar los derechos y libertades de los españoles, la igualdad entre hombres y mujeres, así como modernizar las administraciones públicas. Un Pacto de Estado que requiere altura de miras, y de políticos que piensen más en términos de Estado que en cuestiones tácticas de poco alcance. Sólo así pasaremos de la convulsión actual a la cohesión social. No será fácil. Requerirá tiempo y entusiasmo. 






jueves, 12 de octubre de 2017

Fin de etapa



Todo tiene su principio y su final, incluido el ejercicio de cargos políticos y representativos. El pasado fin de semana concluyó mi etapa como secretario general del PSOE en Segovia. He tenido el honor de haber desempeñado el cargo durante los últimos nueve años, gracias a la confianza que durante este tiempo me han otorgado los compañeros. Un año más de lo que en un principio consideraba que era el tiempo idóneo, como consecuencia de los avatares por los que ha pasado últimamente la situación política de nuestro país y mi partido. Un tiempo más que suficiente para desarrollar un proyecto político y favorecer el relevo generacional. Nadie es imprescindible en política y, en ningún caso, se puede hacer de la política una profesión. A la política hay que venir a servir, y no a servirse. Y, además, como me recordó Juan Muñoz en mis inicios, “si traes la vida resuelta aún mejor: serás libre y no estarás condicionado por nada, ni nadie”. Un viejo consejo que yo ahora me permito recomendar a todos aquellos jóvenes que les apasione la vida pública y quieran dedicar unos años de su vida a esta noble función que es la política.

En estos años ha sido mucho lo que he aprendido. El contacto continuo con los ciudadanos y la casuística de los diferentes temas abordados es un activo de un gran valor para todos los que hemos tenido la suerte de vivir esta experiencia. Pero también he cometido errores. Los errores nunca son deseables, pero cuando se gestionan bien pueden contribuir a evitar otros. Ha sido un periodo que se ha caracterizado por una gran turbulencia: crisis económica, ruptura de los patrones tradicionales de participación política, desempleo y empobrecimiento de la población, crisis de representación, crisis territorial y secesión de Cataluña, así como una fuerte convulsión orgánica en el PSOE, entre otros eventos acontecidos. Un periodo para sacar conclusiones y reafirmarse en algunos de los principios que deben presidir la actuación política.

Considero que un partido político nunca puede ser fin en sí mismo, como a veces lo conciben muchos compañeros y otros miembros de otras formaciones, sino un medio instrumental para dar respuesta a los problemas de los ciudadanos. En la medida en que un partido y sus políticos son capaces de dar respuesta a los problemas de una sociedad cambiante, a la vez que constituirse en un actor principal del cambio y transformación social, tendrán más reconocimiento y credibilidad. En un entorno tan turbulento como el social, el “pan se gana día a día”. La acción política se ha de concretar, tras un buen análisis y un proceso participativo, en propuestas para elevar a las instituciones. Siempre tiene más efectividad y reconocimiento social lo que crea que lo que destruye; la crítica siempre ha de ir acompañada de una propuesta para que tenga credibilidad y aporte valor. Por ello, no he querido nunca entender cómo los compañeros se dejan muchas veces las piel en defender sus posiciones emocionales en las peleas con otros compañeros, algo que no aporta nada a la acción política, y sin embargo no defienden con igual intensidad y dedicación sus aportaciones a la acción institucional. En definitiva, prefieren estar en la pelea orgánica que en aquello que constituye la esencia de la política: la búsqueda del bienestar para los ciudadanos.

La cohesión interna de un partido político es otro factor esencial. Constituye su mejor tarjeta de presentación social. Es una condición necesaria, aunque no suficiente. Un partido con división interna y discrepancias públicas genera dudas y anticuerpos sociales que pueden llegar a quebrar su credibilidad y aceptación social. El debate y la autocrítica son esenciales para mejorar la acción política, pero este debate ha de efectuarse en el interior, nunca hacia el exterior. Ninguna familia que se precie lava los trapos fuera. Los personalismos y la frustración ante los objetivos personales no alcanzados pueden constituir para alguno el motivo para justificar su crítica externa. Al partido y al secretario general, ante estas situaciones, sólo le queda buscar la armonía interna y tragar saliva. Yo he tragado mucha saliva, pero este es el coste de estar al frente de la organización. Y, la verdad, es que personalismos como en todo grupo humano no faltan, sobre todo en el ámbito local.

El liderazgo es un otro factor clave en política. Durante estos años he procurado ejercerlo con convicción. Tomar decisiones y no mirar para otro lado es esencial. Los “bienqueda” en política tienen poco recorrido. Para ello es necesario asumir riesgos y hacerse cargo del ánimo colectivo. Y siempre que sea posible ilusionar a la ciudadanía. Las decisiones han de ser fruto de la integración de posiciones. La discrepancia y las posiciones divergentes constituyen una oportunidad para dar consistencia a la toma de posición. Lo peor que le puede ocurrir a un líder es contar con la complacencia y la veneración populista del grupo que le rodea. Flaco favor le harán a él, al partido y a la sociedad. Las decisiones siempre son de quien se sitúa al frente de la organización. Mucho más sin son poco populares o afectan negativamente a algún compañero. He tenido la oportunidad de comprobarlo, y su amplificación es mayor en la medida en que más grande es el equipo directivo.  A pesar de ello, el secretario general ha de ser el motor del partido.  Para ello tiene que marcar los temas de la agenda política, trabajar intensamente y procurar la unidad de acción y de mensaje. Yo, al menos, así lo he creído y lo he practicado. Pelos en la gatera me he dejado unos cuantos, pero con la satisfacción personal de haber actuado conforme a lo que uno entiende que debe hacer y no eludir. Dicho esto he de afirmar que respeto a la mayor parte de los políticos que en el día a día a día se ponen de perfil ante los problemas, echan la culpa siempre al contrario, o dan un puntapié hacia delante para no tomar decisiones que les puedan erosionar en su posición personal; pero ni lo comparto, ni los entiendo.  

En política, como también en otras muchas actividades, considero necesario la renovación y el equilibrio intergeneracional. Hay quien ha calificado a los antiguos dirigentes como “viejas reliquias”. Un error que pone de manifiesto una visión muy corta de la política.  La organización ni puede estar repleta de jovencitos inexpertos, ni de viejas reliquias conservadoras. Lo ideal es el equilibrio y la transmisión de experiencias y dinamismo. La pelea intergeneracional no es fácil, pero lo peor que le puede ocurrir, según mi experiencia, a una organización es que su dirección sea inconsistente y los puestos decisivos sean ocupados por personas que carecen de un adecuado desarrollo profesional o político, como prefieran. Eso antes o después se acaba pagando.




sábado, 7 de octubre de 2017

De esperpento en esperpento



En mi artículo de la pasada semana analizaba las consecuencias del proceso secesionista catalán. Una de ellas apuntaba a la salida masiva de empresas ante la incertidumbre que se estaba generando en los negocios. Pues bien, el solo anuncio de una posible Declaración Unilateral de Independencia (DUI) por Puigdemont ha provocado el anuncio de los cambios de sede fiscal por emblemáticas empresas catalanas. Y me temo que sólo es la cúspide del iceberg. La balanza comercial se resentirá -de hecho ya ha comenzado a caer- y, ante la incertidumbre, el consumo también. Un proceso que va empobrecer a Cataluña y a destruir empleo, también en el resto de España. El Sr. Oriol Junqueras no hace mucho afirmaba que “no habrá fuga de empresas de Cataluña”. Un esperpento más de todo este proceso. La realidad no engaña. Y al cambio de sede fiscal le acompañará más tarde su deslocalización fuera de Cataluña.

Artur Mas nos dice ahora que “Cataluña no está preparada para la independencia real”. Y, sin ningún rubor aduce entre otras razones que es necesario para ello contar con una administración de Justicia que haga cumplir las leyes catalanas. Lo dice él, que junto con otros políticos catalanes de su misma cohorte, han animado al incumplimiento de las leyes del Parlamento español. Ahora resulta que, según sus declaraciones al Financial Times, es necesario contar con una Hacienda que recaude para poder acometer los gastos de su administración. Habría que recordarle que además es necesario contar con recursos suficientes para poder cubrirlos, y no parece ser que la actividad económica vaya a crecer en el futuro. Lo que no ha comentado el Sr. Mas es que es imprescindible contar con el reconocimiento de la Comunidad Internacional. Y de eso nada, salvo el consistente apoyo de la República Bolivariana de Venezuela. Otro esperpento más de la sinrazón independentista.

En el esperpento independentista no podía fallar el ínclito Sr. Aznar. Él tiene que ser el “niño en el bautizo, novia en la boda y muerto en el entierro”. Y apareció, como gran estadista y hombre de Estado que es, no en vano participó en la cumbre de las Azores que decidió la invasión de Irak, ha exigido al presidente del Gobierno que actué ya como tiene que actuar un español, y si no que se vaya. En estos momentos ante la amenaza de ruptura de la unidad de España, y de las consecuencias que puede acarrear para el bienestar de los catalanes, españoles y europeos, cualquier político que se precie ha de apoyar la unidad de acción del Gobierno, y pedir una vez resuelto el problema, si corresponde,  responsabilidades después. Es el catón de la política.

En este baile de esperpentos no podía fallar el gran maestro del cinismo y la demagogia política, el Sr. Iglesias Turrión, y su jefa espiritual y política, la Sr. Colau, a la sazón alcaldesa de Barcelona. Ahora resulta que pide a la Generalitat que renuncie a la DUI para no facilitar el marco de argumentarios que a su juicio llevaría al Gobierno a suspender la autonomía de Cataluña o incluso  declarar el estado de excepción. Él y la Sra. Colau están interpretando el conflicto catalán en clave de táctica electoral. No les preocupa los efectos del tsunami secesionista en Cataluña; sólo están preocupados en hacer guiños para hacerse con los votos de la izquierda y su hegemonía en esta tierra. Una forma muy vanguardista y progresista de entender la política, a la vez que se proclaman herederos de la auténtica izquierda, aunque sus principios ideológicos se den de bruces con el nacionalismo.

El próximo martes se despejará la incógnita sobre la DUI. Puigdemont comparecerá en el Parlamento catalán para analizar el esperpento del simulacro de referéndum del pasado 1 de octubre. La CUP le anima a que lo haga, y todo indica que en las filas del PDeCAT hay una fuerte división. Puede ocurrir cualquier cosa. Poca confianza se puede tener en un presidente que alardea en una entrevista de coger vuelos internacionales entre Barcelona y Madrid para dejar claro que viaja a otro estado; o que cuando está fuera de España intenta colar en los hoteles un supuesto “pasaporte catalán”; o que en las autopistas de peaje siempre pasa en Cataluña por la puerta que indica “peatge”. Solidez, solidez, no parece que tenga mucha. Además podrá contar ese día con el apoyo de Piqué, y su lágrima fácil, al no poder jugar ese día en Israel y así hacer caja para su bolsillo. En fin, vamos de esperpento en esperpento. Y lo que nos queda.  



domingo, 1 de octubre de 2017

Lo que nos jugamos…



El Process catalán es un auténtico tsunami nuclear para los catalanes, los españoles y los europeos. Es mucho los que nos jugamos todos. En primer lugar, la convivencia entre los propios catalanes, con independencia de su posición social y económica. La sociedad catalana está divida en dos y con riesgo de que se quiebre la Paz social, principal activo de cualquier sociedad moderna y civilizada. Pero también la armonía con el resto de los ciudadanos y pueblos de España. En segundo lugar, la cohesión social sustentada en la solidaridad para la búsqueda de la igualdad y el avance social. En tercer lugar, la estabilidad económica para atraer inversiones, mejorar la productividad y con ello el crecimiento económico y la redistribución de la riqueza, así como el equilibrio social y económico intergeneracional. Y, por último, la ruptura del proyecto político plurinacional europeo. El efecto disgregador del secesionismo catalán no sólo tendría un efecto multiplicador en País Vasco, Baleares, Navarra y Valencia, sino que extendería sus efectos nocivos a un amplio elenco de comunidades de la Europa, poniendo en riesgo el proyecto de bienestar social más avanzado que nunca haya habido en el mundo. 

Los independentistas catalanes han utilizado, como elemento vertebrador de su causa y división de la sociedad catalana, el agravio con lo español. Para ello han explotado mensajes emocionales que creaban un agravio de los catalanes con el resto de España. Han afirmado que Cataluña paga más impuestos y recibe menos inversión que la media de España. Una serie de afirmaciones que son falsas y que no se corresponden con datos reales. Cataluña es la región de España que más inversión ha recibido desde 1991. Más del doble que la Comunidad Valenciana y Madrid. Todos los gobiernos han hecho un importante esfuerzo de inversión en Cataluña, en especial los de Felipe González, pero jamás se ha discriminado a Cataluña en inversión con respecto al resto de España. Sólo en los momentos de recesión económica como en el 93 y en 2010 se ha resentido la inversión en Cataluña, pero no más que en el resto de España. En estos momentos la mayor inversión programada corresponde al Corredor Mediterráneo, que impacta de lleno en Cataluña. Apelar al sentimiento emocional y fundamentar el agravio en una gran mentira sólo contribuye a generar frustración y  sembrar odio y desconfianza.

La crisis económica ha afectado a Cataluña con igual intensidad que el resto de España. La tesis independentista de que España es un freno para salir de la crisis y vivir mejor es una afirmación interesada para acelerar la desafección de los catalanes hacia el resto de España. Basta correlacionar las cifras de empleo y crecimiento económico de Cataluña con el fenómeno independentista para comprobar cómo, cuando la crisis estaba en su punto más álgido, los independentistas se disparaban cerca del 50 por ciento de la población, mientras que a medida que  se superaba la recesión y crecía el empleo la adhesión independentista era menor, como es el caso de la situación actual. No obstante, conviene no olvidar que fue Artur Más quien lanzó el agravio independentista  ante la fuerte contestación que tuvo en la calle los fuertes recortes que aplicaron para hacer frente a la crisis en materia sanitaria y educativa en los presupuestos de la Generalitat de 2011. Acudieron al recurso fácil de echar la culpa al Gobierno del Estado por la falta de medios y la infrafinanciación. Abonaron de esta forma el discurso de la discriminación para desviar la atención de su problema de gestión, a la vez que fomentar el discurso independentista. Ahora, que por suerte, la situación económica está mejorando y creciendo el empleo, están apretando el acelerador para no perder la senda independentista. Una posición similar a la de Ada Colau y Pablo Iglesias, si bien éstos con fines oportunistas y electoralistas, sin más; porque sustento ideológico hay poco, y menos de carácter social; de otra manera no se puede entender cómo se apuesta por quebrar la solidaridad.

La situación es delicada. Las inversiones empresariales se han congelado en Cataluña. La Cámara de Comercio americana ha recomendado no invertir. Muchas de las empresas con sede social en Cataluña han preparado planes de contingencia y prevén, si fuese necesario, cambiar su sede a Madrid, Valencia o Sevilla. El dinero busca estabilidad y no conoce de sentimientos independentistas. La falta de estabilidad política y social, así como de seguridad jurídica, puede llevar a una drástica caída del PIB de Cataluña, pero también del resto de España, aunque con menor intensidad. Cataluña, al igual que en  los 60 y 70, es la comunidad que más vende al resto de España y la que tiene mejor saldo comercial, con un superávit de 17.900 millones de euros. Por suerte, los mercados de momento no han descontado la crisis catalana porque carece de credibilidad. Sin embargo, las agencias de calificación de deuda empiezan a alertar de que la tensión puede afectar al crecimiento. Nadie cree que Cataluña vaya a ser independiente. Por suerte. Pero si este sueño de algunos desaprensivos se hiciese realidad estarían condenados a ser una comunidad pobre, a salir del euro y a contar con una prima de riesgo entre 600 y 700 puntos básicos que haría inviable la financiación de su presupuesto. El Process catalán es un cáncer cuya metástasis nos puede acabar afectando a todos los españoles.          


sábado, 23 de septiembre de 2017

Pacto de Rentas



Todo indica que al cierre de 2017 el PIB alcanzará un máximo histórico en nuestra economía. Superará por primera vez el PIB de 2008, cuando gobernaba Zapatero. Sin duda, es una excelente noticia para todo español de bien que desee el bienestar y progreso de todos los españoles, sean de Cataluña o Andalucía. Sin embargo, el nivel de empleo es muy inferior: hoy hay dos millones de empleados menos que al inicio de la crisis. Si en aquel momento el peso de los salarios en el PIB estaba en torno al 50 por ciento, ahora está por debajo del 46. Han bajado los salarios y han subido los beneficios empresariales, tal y como reconocen organismos como el FMI, la OCDE o la Comisión Europea. Es necesario un nuevo modelo salarial en España, un  Pacto deRentas que permita la recuperación salarial, la dignificación de los sueldos y acabar con la precariedad laboral.

El modelo salarial está impidiendo que el progreso económico y social se extienda a la mayoría de los ciudadanos. Sus efectos son perversos tanto a nivel social como económico, ya que impide normalizar el consumo en los hogares. La brecha salarial se manifiesta con especial fortaleza en jóvenes y mayores de 45 años, así como en una discriminación salarial de las mujeres con respecto a los hombres. La reforma laboral del PP ha debilitado la negociación colectiva y con ello la retribución salarial; y ha precarizado el empleo. Los salarios de los jóvenes han caído más de cinco puntos en términos reales y se ha dualizado el empleo. Los trabajadores temporales ganan mucho menos que los fijos, y los salarios del cuarenta por ciento de la población con menos ingresos han disminuido. Ante esta situación ha aparecido la figura de  los trabajadores pobres, aquellos que aun trabajando se encuentran en riesgo de pobreza. El modelo de crecimiento económico ha dañado la calidad de vida de los trabajadores, con pocas expectativas halagüeñas para su futuro y el de sus hijos.

Como consecuencia del incremento del PIB en este periodo, y la disminución del número de ocupados, el incremento de la productividad media por empleado se sitúa en 7.000 euros por trabajador. La mejora de la productividad ha permitido incrementar las exportaciones y mejorar el PIB, pero no se ha fundamentado en la mejora técnica sino en el ajuste de plantillas y en la disminución de salarios. De ese incremento medio de productividad por trabajador, sólo el 3,14 por ciento ha ido a parar al salario de los trabajadores. Es necesario y urgente lograr una recuperación salarial para reactivar el consumo y dar estabilidad al empleo para que el gasto de las familias en bienes duraderos, cuya adquisición requiere una amortización en un periodo muy largo, pueda producirse y con ello impulsar el empleo. Hay margen para ello. En el futuro los incrementos salariales se pueden situar perfectamente por encima de la inflación y por debajo de los incremento de la productividad nominal. Es decir, en un promedio entre el 2,5 y el 3 por ciento anual. El incremento de la productividad en la actividad económica es imprescindible para que los salarios puedan crecer en el futuro, pero el estancamiento de los salarios es un lastre para la generación de bienestar en nuestro país.

El Pacto deRentas pasa también por incrementar gradualmente el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) hasta alcanzar los 1.000 euros en 2020, de acuerdo con las recomendaciones de la Carta Social Europea. Es necesario, a su vez, hacer frente a otros desajustes, como la brecha salarial entre hombres y mujeres, que hace que estas últimas cobren un 23 por ciento menos que los hombres de media; eliminar las condiciones que discriminan a los jóvenes, revisando para ello el contrato de relevo y el contrato en prácticas, así la regulación de la prácticas laborales; acabar con la situación de esos trabajadores, que en la práctica se imponen vínculos propios de un asalariado, pero prestan sus servicios como autónomos; recuperar los catorce puntos de poder adquisitivo que han perdido los empleados públicos desde que comenzó la crisis.

El Pacto deRentas es la mejor herramienta de cohesión social y de crecimiento sostenible de la economía española a futuro. El incremento de la productividad y la mejora de los salarios constituyen la mejor apuesta para mejorar el bienestar de los españoles. La reforma laboral en la coyuntura actual constituye una rémora importante para alcanzar ese objetivo. Es el momento de apostar por el futuro.