sábado, 12 de noviembre de 2016

La bandera del populismo



El populismo como forma de acción política está de moda. El reciente triunfo de Trump en EEUU abre la puerta de la esperanza a una futura victoria en Europa de movimientos populistas, como es el caso del Frente Nacional de Le Pen en Francia; el UKIP de Farage, en Reino Unido; o Podemos de Pablo Manuel Iglesias, en España. La bandera populista es el factor común denominador a todos estos partidos liderados por populistas demagogos que aspiran a alcanzar el poder en su país al coste que sea. 

No hay un populismo de izquierdas como reivindica Podemos; ni de derechas. El politólogo Andreas Schedler define el populismo como, una ideología basada en la confrontación entre un pueblo virtuoso y una élite corrupta o viciada. La casuística pone de manifiesto que todos los populismos presentan pautas comunes de actuación. 

Al frente de un movimiento populista suele situarse una persona de ambición desmedida, con alto ego y sin escrúpulos hacia las actitudes demagógicas. Por lo general, la televisión ha contribuido a convertirles en celebridades de alta notoriedad. A partir de ahí inoculan su mensaje, que no es otro que el de “buenos”, que se corresponde con su posición; y el de “malos”, la contraria. 

Para que el encaje sea perfecto se necesita una fuerza conspiradora –los poderosos, o algo similar- que trabaja por detrás para hundir a los buenos. Y todo ello aderezado por un discurso épico, repleto de emociones, insultos, descalificaciones… que pueda entrometerse en los sentimientos más íntimos de las personas y desprestigiar las instituciones. 

El populismo comparte por lo general tres sustratos comunes: la base popular de aquéllos que se encuentran en un momento difícil y de desesperación, como consecuencia de la crisis o cualquier otra situación; el odio y rechazo contra el poder establecido; y la pérdida de la identidad nacional ante el proceso de globalización, al menos este último en los populismos de derechas. Sobre estos factores se instrumentaliza esa identidad de pueblo virtuoso a la que se refería Schedler. Las ideas no abundan y lo importante es utilizar y dar cauce a las pasiones sobre la base del odio a las instituciones y al establishment

En los movimientos populistas, el líder aspira a interpretar la voluntad del pueblo de forma inmediata, sin intermediación de institución alguna. La superficialidad y la demagogia, unidas a la exaltación del ego y la grandeza, constituyen su mejor simiente para crear un gran entusiasmo a corto plazo, y grandes frustraciones personales y políticas a medio y largo. La bandera del populismo es letal para los intereses del pueblo e incluso para las propias personas, como hemos podido comprobar en el devenir histórico.      



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