
Si algo ha puesto de manifiesto
el último Debate sobre el Estado de la Nación ha sido la arrogancia de la derecha española. Con esta actitud subió el señor
Rajoy a la tribuna, y se permitió decir a la bancada socialista, entre otras muchos improperios: “
Pero si ustedes no saben leer…”, no sin antes recordarles “… ustedes de esto no tienen ni idea…”. Ésta es la derecha española: altiva en sus planteamientos e inmersa en la inercia cultural de su pasado. Sin duda, la
Ley de Igualdad todavía no ha pasado por ellos. Con estos mimbres, es difícil buscar líneas de acción conjunta y de consenso en problemas tan cruciales para España como la actual crisis económica. Ya se sabe, o se hace lo que ellos dicen, o el rodillo de la descalificación y el desprecio arrolla a quienes no admitan sus planteamientos altivos. Es una pena –lo decía el presidente del Gobierno- que tengamos
una derecha tan extrema. Posiblemente de las más reaccionarias de Europa.
En este juego no podemos olvidar al Sr. Aznar. En estos últimos días, nos ha llegado a decir: “conmigo no se hubiera producido la crisis”. Casi ‘na’. Resulta que fue él, junto al presidente Bush, quien nos metió en la
guerra de Irak y sentaron las bases para la eclosión futura de la actual crisis con sus políticas neoconservadoras; y ahora se permite esta chulería. Después hemos descubierto que esta frase obedecía a su objetivo de ganar notoriedad -según el compromiso que tenía con una editorial- para el lanzamiento del libro que ha puesto estos días a la venta. Esto es respeto por los españoles, y el resto es tontería. La derecha, siempre a lo suyo, que no es precisamente la solidaridad.
Y, qué me dicen de Esperanza Aguirre, la “caudilla de Madrid”. En esos últimos días ha estado
en Segovia dando lecciones de neoliberalismo a algunos empresarios segovianos. Ella, que predica la contención en el gasto público y la bajada de impuestos, sin embargo, no actúa con el ejemplo. Madrid es una de las comunidades
más endeudadas. No en vano, ella se metió, nada más alcanzar el Gobierno de Madrid, en un macroproyecto para la construcción de cinco nuevos hospitales, sin saber cómo los iba a financiar, y si eran necesarios. Los resultados ahí están. Y si no que se lo pregunten a los funcionarios de Sanidad de la Comunidad de Madrid. La presidenta del PP de Madrid no está para dar ejemplo de nada. En su comunidad tiene ocho personas del PP bajo
sospecha de corrupción. Tres diputados autonómicos imputados, que se niegan a declarar por la mañana ante el juez y, por la tarde, van al parlamento a dar la mayoría al PP. A esto hay que sumar tres alcaldes del PP, que han tenido que dejar su cargo por la misma razón. En fin, una vergüenza para los que concebimos la política como servicio público y con la honradez de actuación como principio rector.
Del espíritu arrogante de la derecha no se libran tampoco los
políticos segovianos. El actual delegado territorial de la Junta
desprecia y califica de ignorante a todo aquel que no coincide con los planteamientos del Gobierno del PP en la Junta. Y, si es necesario,
descalifica, regaña y pone en sus palabras el desprecio más absoluto hacia quien no converge en su pensamiento único. Todo un ejercicio de tolerancia política, muy propio de la derecha española. No anda muy lejos la portavoz del PP en el Ayuntamiento de Segovia. Tiene permanentemente la escopeta cargada para combatir a las hordas socialistas en la casa municipal. Y, para ello, vale todo: la santa demagogia, la santa mentira… El fin justifica los medios. Su política de tierra quemada no llega a distinguir entre lo propio y lo ajeno. En definitiva, política arrogante y de cortas miras.
Con estos ingredientes el Sr. Aznar y el Sr. Rajoy todavía se atreven a definir estos días al PP como un partido de centro reformista. ¡Qué venga Dios y lo vea! Porque es difícil que los lo lleguemos a ver, aunque la fe siempre ilumina más a unos que a otros. Sin embargo, algunos tenemos fe en poder contar algún día con una derecha tolerante, educada y constructiva, que pueda ser una alternativa seria de poder para el día que sea necesaria la alternancia política, factor esencial de toda sociedad democrática.