sábado, 21 de julio de 2018

La España inestable


España vive en una convulsión permanente desde hace tiempo. La realidad en muchos casos supera la ficción. En esta última semana se han incorporado a  la agenda política dos cuestiones que pueden generar inestabilidad política y económica en nuestro país en los próximos meses: una, la denuncia de una amiga del rey emérito sobre una presunta actividad fraudulenta de éste en el ejercicio de la Jefatura del Estado; y, otra, la disputa entre los independentistas del JuntspelSí y ERC ante la suspensión por parte del juez Llarena para el ejercicio de su actividad parlamentaria a los diputados autonómicos imputados por el delito de “rebelión”, y la negativa del Parlamento catalán de aplicar dicha medida al Sr. Puigdemont, a lo que se une el conflicto interno de su partido, el PDeCat.

A esta situación se une la minoría parlamentaria en la que opera el Gobierno y la crisis por la que atraviesa el principal partido de la oposición, así como la falta de identidad clara de los otros dos partidos mayoritarios del arco parlamentario. Factores todos ellos que contribuyen a enrarecer el panorama político y a profundizar en el equilibrio inestable en el que se mueve la política española desde el inicio de la crisis económica. Una España inestable que cabalga hasta el momento con el viento de cola a favor del contexto económico, lo que contribuye de forma decisiva a su estabilidad social.

La Transición permitió un amplio consenso constitucional en torno a la monarquía parlamentaria. Durante la larga etapa transcurrida hasta el día de hoy esta figura constitucional ha gozado de un amplio reconocimiento entre los españoles, con algún altibajo que otro. Las posibles estructuras opacas al fisco creadas por el rey emérito, de ser ciertas, que incluirían tanto cuentas en Suiza a nombre de su primo como la utilización de testaferros a la hora de ocultar propiedades y patrimonio en el extranjero, son una bomba en la línea de flotación de la monarquía española.  El mayor problema de la monarquía española en democracia. Bien es cierto que el actual Rey es ajeno a estas operaciones, pero la institución con este affaire queda tocada e incluso para muchos españoles deslegitimada, teniendo en cuenta su carácter hereditario, tal y como establece la Constitución. Un problema que puede suponer un antes y un después para el devenir de la actual Jefatura del Estado y del marco político español. Su gestión requiere ante todo inteligencia y prudencia. Hay que tener en cuenta que hoy son muchos los españoles que defienden legítimamente un modelo alternativo de la Jefatura del Estado, abogando por una República y un presidente republicano elegido directamente por el pueblo periódicamente.

A este problema emergente se une la animadversión hacia la figura del Rey que mantienen los nacionalistas, mucho más después de su posición firme ante el proceso secesionista catalán asumiendo el papel que no ejerció el ejecutivo, y el posicionamiento del populismo romántico. Nos encontramos ante un auténtico problema de Estado de consecuencias inesperadas que requiere una respuesta con el mayor consenso posible, y gran altura de miras. Hemos de aprender de la historia y no reproducir los errores del pasado. De lo contrario, lo acabaremos pagando todos.

El esperpento catalán sigue su rumbo. La colisión entre los convergentes y los de ERC era de esperar. Puigdemont es un personaje lunático que ha secuestrado la política en Cataluña en beneficio propio bajo el rumbo de una épica independentista que conduce a los catalanes al precipicio. La desaparición de Rajoy del panorama político les ha dejado sin referente común en el que proyectar el antiespañolismo. El “berlinés”, como le refería estos días un diputado de solera convergente, puede tener los días contados en su actual partido. Los auténticos convergentes se sienten ultrajados por este tipo que se ha rodeado de un grupo de incondicionales. Para ello la asamblea del partido de este último fin de semana puede ser vital. Puede marcar un antes y un después, y una nueva división en su partido, y un nuevo marco de relaciones con ERC y también con el Estado. Pero requerirá tiempo y paciencia. Mi impresión es que los convergentes están pidiendo árnica para salir del embrollo en el que se han metido. Cualquier oferta del Estado para avanzar en la solución del problema ha de ser firme en el obligado respeto constitucional y trazar de forma consensuada una hoja de ruta. Ello requiere que el PP y, en especial, Cs abandonen las posiciones tácticas de tipo electoral y todos miren al futuro con las luces largas, buscando la estabilidad y la cohesión social.

El otoño se presenta caliente. El nuevo líder del PP ejercerá una oposición en clave electoral presentándose como la quintaesencia de este país. Sin en apenas 50 días del nuevo Gobierno sus mensajes les llevan a anunciar que España ya está en la bancarrota y que lo que antes iba bien, ya va todo mal, que no dirán cuando ejercen la oposición destructiva a la que nos tienen acostumbrados y en la que vale todo. Intentarán persuadir a los españoles que ellos son el centro, a la vez que la derecha. A la zaga le irá Cs. Éstos en el momento actual están perdidos y radicalizados. El aire fresco que en algún momento parecían aportar se ha revertido y convertido en un apéndice más del PP, con un enfoque estrictamente de poder, al margen de los intereses de país. Podemos, antes o después, acabará reivindicándose como la auténtica izquierda y desmarcándose del Gobierno. Su falta de proyecto político puede encontrar en la reivindicación de la república, ante los problemas referidos, su único programa de acción política.

Los socialistas, con el Gobierno al frente, han de pisar firme y ante todo buscar el realismo de Estado y la respuesta a los problemas de la agenda política. No será fácil, pero en la coyuntura actual la sensatez es un importante activo que una mayoría de los españoles sabrá valorar. Quien mejor lo practique tendrá su confianza. España requiere cordura y ante todo confianza para huir de aquellos factores que generan ‘La España inestable’ y desestabilizan repeliendo la inversión y el bienestar.




viernes, 13 de julio de 2018

Haciéndose trampas al solitario


Una de las frases más reiteradas en la tribuna del Congreso de los Diputados por parte de los oradores es, “no se hagan ustedes trampas al solitario”. Se utiliza indistintamente por parlamentarios de los diferentes grupos políticos, bien sean éstos de apoyo al Gobierno o de oposición. La cita establece una analogía entre el juego de cartas al solitario y la acción política. Cualquiera que lo haya practicado sabe que, superado un número de envites suficiente sin que la suerte fortuna nos haya sonreído, el jugador tiene tendencia a modificar las reglas del juego para al menos poder ganar. Uno sabe que se auto-engaña para poder ganar, pero con esto libera tensión, tranquiliza su ego e incluso hasta se lo puede hacer creer. Lo mismo ocurre en muchas ocasiones en política, tanto en el Congreso, como en el Gobierno como en las administraciones locales, o en los partidos políticos. La autocomplacencia se convierte así en una máscara para ocultar el propio fracaso, de difícil comprensión, cómo es lógico, por una gran parte del electorado, que lejos de aportar activos resta credibilidad a quien lo practica.

Recientemente hemos podido comprobar como el PP esgrimía cómo una de sus fortalezas un desmesurado número de militantes. Decía tener 865.000 militantes, habiendo crecido en los últimos tres años en 165.000. Ahora resulta que a raíz de sus “primarias” hemos descubierto que no llegan al 7,6 por ciento de lo que decían. En Segovia ocurría lo mismo. Presumían de tener una fortaleza tremenda con más de 2.000 afiliados y un presupuesto anual de 75.000 euros. Sin embargo, hemos podido comprobar que han votado poco más de 200 personas, que deben ser los militantes reales -muy lejos de los 600 militantes de pago del PSOE-, y ya comprobaremos si en futuras campañas si continúan con la fortaleza del presupuesto que wikileaks asignaba a los populares en Segovia, muy lejos de los 21.000 € del PSOE. Lo veremos, pero durante años han creado ante la opinión pública una imagen de supremacía política. Y son muchos los ciudadanos que siempre prefieren los poderosos a los aparentemente más débiles, aunque ello suponga engaño y desprecio. Las trampas antes o después acaban pasando factura. Los hechos así lo demuestran.

El autoengaño también se manifiesta con intensidad en la Administración Local. Lo hace de muchas formas. Hay quien prefiere mirarse día a día en el espejo y hacerse trampas al solitario en la gestión diaria. La falta de autocrítica y autocomplacencia les lleva a denostar a todos aquellos que les plantean dudas sobre su gestión, aunque sea en privado, y a despreciar cualquier acción alternativa que no venga de ellos o del grupito de confianza. Para ello no hay mejor medicina que rodearse de palmeros y vivir una realidad ajena a la que percibe una parte de la ciudadanía. El realismo en gestión es la mejor inversión en futuro, no sólo para los ciudadanos sino también para los políticos. El engaño siempre es un mal compañero de viaje. Como dice un lema inglés, ‘comforting lies front unpleasant truths’, al menos para quien lo practica.

Las trampas al solitario también se manifiestan a la hora de abordar la respuesta a los problemas. Aquí, en muchos casos, convergen ciudadanos y políticos. Las decisiones complejas y que requieren un determinado sacrificio son siempre más difíciles de aceptar que aquellas que se presentan como simples, pero son equivocadas de raíz. Esta posición entronca con el populismo emergente en lo que se ha denominado la ‘nueva política’. Propuestas, que a todas luces son inverosímiles por su alto gasto o por que conllevan decisiones que han sido imposibles durante muchísimo tiempo, pueden llegar a generar tal entusiasmo y aceptación que su propuesta puede llegar a distorsionar la realidad y generar falsas expectativas. La frustración acabará pasando factura antes o después. A veces la línea recta no es el camino más corto, sobre todo cuando se trata de resolver problemas sociales. Hacer frente a los problemas con realismo y relatar las cosas tal y como son es una forma de evitar hacerse trampas al solitario. Un camino nada desdeñable.



sábado, 7 de julio de 2018

Horizonte salarial


La reciente firma del  Acuerdo Estatal de Negociación Colectiva (AENC) entre UGT y CCOO con la CEOE y CEPYME abre un horizonte temporal de esperanza para la mejora del poder adquisitivo de los salarios. El Acuerdo determina una subida de un 2 por ciento fijo más un uno por cierto ligado a mejoras de beneficios, productividad y reducción del absentismo. En estos últimos días también hemos conocido deinflación anual al mes de mayo, que se ha situado en 0,892 por ciento, mientras que el interanual a esa fecha se sitúa en el 2,052 por ciento por encima de incremento fijo pactado. Todo indica que la inflación en 2018 se comerá una vez más la subida salarial, y la posible mejora, aunque pequeña, estará ligada al incremento de productividad. Un hito más factible de alcanzar en las medianas y grandes empresas que en las pequeñas en las que se localiza el grueso del empleo.

El pacto salarial alcanzado simboliza el final del ajuste social aplicado desde el 2012 por el Gobierno del PP,  y un punto y aparte a la crisis que se inició en 2007. La subida de los salarios no erosionará la cuenta de resultados de las empresas, siempre que la productividad esté por encima de la subida pactada. Esa es la voluntad de los negociadores. No cabe duda que la situación económica ha mejorado y una subida salarial puede contribuir de manera decisiva a dinamizar el consumo y con ello evitar la desaceleración de la economía. Un reto que no resultará fácil para las empresas con menos intensidad tecnológica y con productos intensivos en mano de obra, pero un reto que de alcanzarse generará propensión al consumo, con la consiguiente creación de empleo y mejora de los beneficios de las empresas, reducirá la precariedad laboral y generará un clima social positivo, dignificando los salarios. No olvidemos que el AENC insta a trasladar el acuerdo alcanzado a los convenios pero no obliga a cumplirlo. Bajo el paraguas del convenio colectivo se encuentran en el mercado laboral español 10 millones de trabajadores de 19.

El acuerdo contempla también fijar un salario mínimo de 14.000 euros al año en 2020. Son los salarios más bajos los que han sufrido los peores efectos de la crisis. Les ha convertido en muchos casos en trabajadores pobres con enormes dificultades para llegar a final de mes. Los trabajadores temporales, los jóvenes y las mujeres pueden dar buena cuenta de ello. Se trata pues de una cuestión de justicia social, de la misma manera que la exención fiscal del IRPF para todos aquellos cuya renta no supera los 14.000 euros. La subida del salario mínimo beneficiará especialmente a los trabajadores del comercio, agricultura u hostelería, que son los sectores en las que las retribuciones inferiores a 1.000 euros tienen un mayor peso. La provincia de Segovia es significativa en estos colectivos. Todos estos sectores han mejorado su productividad en los últimos tres años, de ahí que la merma de beneficios - se estima en un 10 por ciento- en favor de los salarios, lejos de generar un quebranto, puede suponer una oportunidad. 

Al objeto de evitar despidos y contribuir a la viabilidad de las empresas en dificultad empresarios y trabajadores acuerdan buscar fórmulas de flexibilidad que permitan mantener las plantillas y, en su caso, reducir las jornadas. Un gran avance que nos lleva a modelos laborales en los que este tipo de actuaciones están implantadas con éxito, como es el mercado laboral germánico. También se han sentado las bases para vetar la competencia desleal y el deterioro de las condiciones laborales en la subcontratación. Se da una salida, asimismo, al difícil problema de la “ultraactividad”, de tal forma que, cuando el convenio concluya, seguirá vigente mientras se continúe negociando, de esta forma puede durar más de un año que preveía la ley tras la reforma laboral de 2012.

El acuerdo ha sido rubricado por los sindicatos y la patronal, y ha contado con la presencia de la ministra de Trabajo, así como de su antecesora de Empleo. Un buen gesto, ya que ha cristalizado después de un largo periodo de tiempo. Esperemos que dé sus frutos. No va a ser fácil. Pero sólo el que lo sigue lo consigue.


martes, 3 de julio de 2018

Sin pena, ni gloria



La selección española ha pasado por el mundial de fútbol de Rusia “sin pena, ni gloria”. El Mundial siempre es un espectáculo colectivo en el que gran parte de los españoles, por una vez en cuatro años, nos identificamos con la identidad nacional, mucho más si ‘la roja’ va bien y acaba demostrando su superioridad. Así nos ocurrió en el Mundial de Sudáfrica, cuando quedamos campeones del mundo, y en las dos Eurocopas que ganamos. En esta ocasión ha sido distinto. No nos ha dado tiempo a sentir los colores y sí a una decepción creciente partido tras partido. Para muchos de nosotros el Mundial ya ha concluido, al menos emocionalmente, y tenemos puestas nuestras esperanzas en Qatar, suponiendo que nos clasifiquemos. España hoy es menos España que antes de comenzar el campeonato de fútbol, en el que incluso para muchos éramos favoritos. 

La selección española venía de hacer una fase clasificatoria espectacular. No sólo no había perdido ni un solo partido, sino que además desarrolló un fútbol muy bueno. El seleccionador español orientó adecuadamente al equipo y ‘la roja’ gozaba de la confianza y admiración de los españoles. Era motivo de orgullo y contribuía a la cohesión social, que tanto nos hace falta. Todo cambió una semana antes de iniciarse el Mundial. La torpeza del entrenador anunciando su contratación por el Real Madrid y el impulso del nuevo presidente de la Federación, defendiendo su estatus y los valores que considera debe presidir esta organización, marcaron una antes y un después. Un suceso inesperado que hizo presagiar lo peor, como así ha ocurrido.

Salvando algunos momentos del partido con Portugal, el resto de los encuentros han sido un “pan sin sal”. Anodinos, sin entusiasmo e ideas. El último partido contra Rusia parecía más un partido de balonmano jugado con los pies que un partido de fútbol. Nada que ver con ese equipo que ganó el Mundial de Sudáfrica. Nos hemos ido a casa, pero sobre todo hemos de ser conscientes de que se ha de abrir una nueva etapa. Los Piqué, Ramos, Iniesta, o incluso De Gea ya son pasado. Se ha de dibujar el futuro con una plantilla renovada que innove la forma de juego e ilusione. Incluso me atrevo a apostar por un nuevo entrenador que anteponga los intereses de la selección a todo y a todos.

La decisión del nuevo presidente de la selección española fue arriesgada. El equipo estaba perfectamente identificado y cohesionado con su entrenador. Perfectamente podía haber mirado para otro sitio, si bien es cierto que es inadmisible que en un momento como ese el seleccionador nacional cierre un acuerdo con un club distrayendo la atención e introduzca un factor de riesgo, como después se ha demostrado que fue. Pero también es inconcebible que un club como el Real Madrid contribuya a desestabilizar la selección española, sólo ante el riesgo de una posible devaluación de un activo, como es el seleccionador contratado, por si las cosas van mal. Esperemos que la firmeza del presidente de la Federación constituya una inversión de futuro en la coherencia y disciplina del equipo, capaz de llevarnos a conquistar triunfos y proporcionar esperanza a los españoles. La apuesta por los  valores nos puede llevar al éxito. Ocurre en la vida, y en el fútbol también.