domingo, 7 de septiembre de 2014

La discomóvil



No sé si ustedes saben lo que es pasar una noche toledana. Yo sí, y llevo varias. Se repiten año tras año desde hace varios, y he de confesar que siempre que puedo las evito. Hoy lo he hecho. Pero en los dos últimos días no he podido eludirlas, muy a mi pesar. El motivo no es otro que la estridente música de las fiestas populares de verano de mi barrio y mi pueblo que se proyecta a partir de las 4:30 horas de la madrugada hasta las 8:30 o 9 de la mañana con la exigua costumbre de la discomóvil. Tengo la suerte de morar en ambos casos a menos de 200  metros de su ubicación.

Las fiestas de verano son motivo de distensión, divertimento y encuentro con los amigos. Las verbenas son una magnífica oportunidad y pretexto para ello, al son de canciones melódicas y temas musicales del momento. En torno a ellas se aglutina la gente en las cálidas noches de verano, al menos en Castilla. Su horario habitual se sitúa entre las 0 horas y las 4:30 horas. En los últimos años su horario se ha desplazado hacía altas horas de la madrugada, pero en los 80 esto no era común. Sin embargo, la magia de la noche ha venido conquistando su dedicación a pesar de que su asistencia ellas cada vez es menor.

La verbena forma parte de la fiesta y respeta el lógico equilibrio y descanso de los vecinos atendiendo a las circunstancias especiales de los tres o cuatro días festivos, pero otra cosa muy distinta es la discomóvil. En estos últimos 10 años se han puesto de moda y contribuyen de una manera especial al amodorramiento y disuasión del no se sabe qué de la mayoría de las personas para las que irse a la cama a esas horas es una ofensa.

En mis largas horas de insomnio tengo la oportunidad de observar a lo largo de sus distintas horas su contribución al ocio. La verdad es que los resultados de mi observación no pueden ser más penosos. A una música a todo trapo, le suele acompañar una comparsa de chicos y chicas bailando, y otros escuchando –la mayoría- con un vaso de una bebida alcohólica acompaña de un cigarrillo, cuya implicación va disminuyendo exponencialmente a medida que avanza la noche. Hay para quienes este momento constituye su momento especial para colocarse –o ya viene con ello puesto, pues estos no suelen ir a la verbena- y así evadirse de la monotonía de la realidad del momento. No se sorprendan ustedes si a partir de las 6 o 7 horas el grupo participante en algún caso no llega a las 25 personas. Pero da igual, para la discomóvil el negocio es el negocio, y para los que siguen este juego representa el menor esfuerzo posible en su imaginación.

El problema ya no solo es las molestias que se causa a los vecinos, en muchos casos con niños pequeños, a los que es imposible conciliar el sueño, y la cantidad de mierda y suciedad que genera en el entorno, a lo que se une el riesgo asociado de la alta ingesta de alcohol y drogas, sino que este dislate esta financiado con fondos públicos ante la pasividad, indeferencia y populismo del alcalde y sus ediles. Se da la circunstancia de que la mayoría de esos espectáculos carecen de la correspondiente licencia y autorización administrativa en contraposición a la normativa vigente, que contrasta con la pasividad de cuerpos de seguridad.

Es el momento del respeto al derecho de los ciudadanos y de repulsa al populismo y a las falsas costumbres. Las discomóvil a las discotecas, donde cada uno pueda o pagarse su forma de entender el ocio y no se financie con dinero público. ¡A por ello! 





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